El primer semestre está en la recta final. Las crisis sanitaria y económica se sostienen y han dejado secuelas para la segunda mitad de este pandémico y electoral 2021. A ese escenario se plantean otros: el socioeconómico y el político. Ni el oficialismo ni la oposición han logrado disimular sus diferencias. En todo caso, las profundizaron. El presidente Alberto Fernández ha chocado con la intransigencia de la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, a la hora de negociar con los acreedores. “Las disputas ideológicas también son disputas de poder. Lo importante es definir roles y funciones de cada uno y no sacar a la luz las internas”, señala a LA GACETA el analista político Cristina Buttié. En este tiempo, el jefe de Estado pasó de dialoguista a llevar adelante la agenda dura K, con la reforma judicial o el caso Vicentín, para mencionar algunos. El director de CB Consultora de Opinión Pública agrega que estas conductas han deteriorado la imagen presidencial y, además, ha causado poderes geolocalizados que antes estaban alineados, como el caso de la liga de gobernadores del Norte Grande, de la Patagonia o de Cuyo y hasta los intendentes del conurbano bonaerense, que intentan sostener su poder territorial. “No hay directivas ni verticalismo hacia la Casa Rosada. Esto lleva a pensar que hay un cóctel de poder diferente al de principio de gestión”, dice Buttié.

Entre la crisis y el malhumor social

Gustavo Córdoba, analista de la consultora Zuban Córdoba y Asociados, sostiene que a lo largo de esta primera mitad del año hubo un aumento de la incertidumbre, del temor y de la desesperanza de los argentinos y de las argentinas. “Hubo una subestimación del contexto de pandemia por parte de la dirigencia y que ha generado aquellas sensaciones al clima social en el país”, indica a nuestro diario que, a la vez, advierte que esto también se refleja en otros países de la región, con alta convulsión social, más allá de la ideología de los gobiernos. Pero en la Argentina todo se potencia más. Córdoba, en ese sentido, apunta que ni el oficialismo ni la oposición han mostrado una cultura coalicional. “Es moneda corriente que todos los días, con total transparencia, se muestren las diferencias internas, sin tomar en cuenta el criterio de la unidad”, puntualiza. Y eso ha causado el desgaste de toda la dirigencia ante la opinión pública.

Desde el punto de vista económico, la situación no es muy distinta a la política. El Gobierno nacional ha transitado a los saltos en este tiempo, subiéndose a la ola de los agrodólares para sostener, artificialmente, la pax cambiaria, pero la inflación sigue jaqueando a todos los actores económicos. El economista y consultor Eduardo Robinson describe esta película argentina:

LO BUENO. La significativa suba de los precios de los principales productos que exporta la Argentina. Esto posibilitará un ingreso de entre U$S 8.000 millones y U$S 10.000 millones, que traen un gran alivio a las tensiones cambiarias. Asimismo, la suba de precios internacionales permitió que el Banco Central pueda recomponer sus reservas para mantener estable la cotización del dólar. Asimismo, la recuperación de la actividad económica, en el segundo trimestre, la implementación del impuesto a la riqueza y el crecimiento de la recaudación por retenciones a la soja, permitió un fuerte aumento en la recaudación tributaria lo que hace que se corrija el fuerte desequilibrio fiscal que tuvo la economía el año pasado. En el Presupuesto nacional se preveía una meta de déficit fiscal de 4,5% del PBI; sin embargo, los últimos datos dan cuenta que en los primeros meses de este año estaría en el 3%. Es decir, se logró contener el desborde fiscal en relación con el año pasado. Entre los factores, buenos hay que contar la decisión del FMI de capitalización, lo que se traduce en que el organismo otorgará a cada país el equivalente a su participación, lo que para el caso de Argentina equivale a U$S 4.300 millones, disponible desde agosto. Por otra parte, el gobierno, hasta ahora pudo despejar expectativas de devaluación abrupta lo que alentaría la inflación.

LO FEO. Puede mencionarse al no pago al Club de Paris, a la postergación de, al menos, un preacuerdo con el FMI, al hecho de que aún se mantenga muy alto el indicador financiero de riesgo país, los movimientos políticos más proVenezuela, y el deterioro del ya complicado clima de negocios producto de los tironeos con el campo por la suspensión de las exportaciones de carne. Estos factores, no contribuyen a recuperar dosis de credibilidad y de cierta previsibilidad en la economía. Entre otros factores, puede sumarse que continúa sin aparecer un plan de estabilización consistente, que permita vislumbrar un sendero más claro para el sector productivo que viene muy sujeto a la evolución de la crisis sanitaria. En este marco, no hay estímulos claros para la inversión y sin inversión, no se puede crecer.

LO MALO. La economía acumuló en los primeros cuatro meses del año una inflación minorista del 18% y puede acumular, incluyendo mayo, del 21%. Los salarios y jubilaciones continúan perdiendo poder adquisitivo a gran velocidad. Las consecuencias son más deterioro social, a lo que se suman las restricciones ocasionadas por la segunda y severa ola de Covid. Otro factor, es que la Argentina, no recompone la posibilidad de ingresos al mercado de capitales internacionales, con lo que continúa teniendo que recurrir a la emisión de moneda o al exiguo mercado de capitales local para poder financiar a los sectores más dañados por los efectos de la pandemia. El problema es que con financiamiento vía emisión monetaria, crecen las presiones inflacionarias y más se deteriora el poder de compra. Los remedios que aplica el Gobierno son muy débiles y de corto plazo, (controles de precios, congelamiento de tarifas, cepo al dólar, prohibición para exportar productos) no son instrumentos adecuados para reducir una tasa de inflación que está entre las cinco más altas del mundo.